En Barbiana había aprendido que las reglas de la escritura son: Tener algo importante que decir y que sea útil para todos o para muchos. Saber a quién se escribe. Recoger todo lo que viene bien. Buscarle un orden lógico. Eliminar todas las palabras inútiles. Eliminar todas las palabras que no usemos al hablar. No ponerse límites de tiempo.
Así escribo esta carta con mis compañeros. Así espero que escribirán mis alumnos cuando yo sea maestro.
Veo que los obreros dejan a los hijos de papá todos los puestos de responsabilidad en los partidos y todos los asientos del Parlamento (...) La timidez de los pobres es un misterio muy viejo. Yo que estoy dentro de él no sabría explicárselo. Acaso no sea ni cobardía ni heroísmo. Sólo falta de prepotencia para creerse superior.
Estudiaba por amor al estudio. Leía hermosos libros. Se encerraba en su habitación a escuchar a Bach (...) A mí, sin embargo, me han enseñado que ésta es la tentación más fea. El saber sólo sirve para darlo. "Se llama maestro a quien no tiene ningún interés cultural cuando está solo".
El problema de los demás es igual al mío. Salir de él todos juntos es la política. Salir solo, la avaricia.

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